Energy Control analiza de forma crítica la falta de rigor y escasa calidad de las noticias sobre nuevas drogas que alcanzan una enorme difusión en la época estival, así como las consecuencias negativas de estas “serpientes de verano”.
[Serpiente de verano: es una expresión que se refiere a las noticias irrelevantes o sorprendentes que publican algunos medios para llenar espacio durante las vacaciones de verano, cuando la mayor parte de la sociedad está de vacaciones y no se producen sucesos ni noticias interesantes.]

Periódicamente, sobre todo en verano, algunos medios de comunicación hacen saltar las alarmas por nuevas drogas o nuevas formas de consumo. El caso de la “molécula de Dios” (DMT) y de la bufotenina extraída del sapo Bufo Vulvarius es el último de ellos. Este fenómeno cíclico responde a un mismo esquema por el que se advierte sobre la supuesta llegada a España de “una nueva droga”. El fenómeno causa alarma entre profesionales y población general ya que está popularizándose o poniéndose de moda a pesar de sus peligrosos efectos. En el mejor de los casos, estas noticias tienen su base en hechos puntuales o anecdóticos que se presentan como fenómenos extendidos y generalizados. En el peor, se divulgan leyendas urbanas o bulos sin ningún fundamento científico y que no resisten un mínimo ejercicio de razonamiento lógico.
Muchas veces la información suele elaborarse a partir de datos disponibles en Internet de calidad muy variable o de videos de YouTube descontextualizados. Además, se aderezan con testimonios de supuestas personas consumidoras. Sin embargo, los datos objetivos de la investigación toxicológica, forense, clínica, sociológica o epidemiológica siempre o casi siempre son ignorados.
Por ejemplo, y aterrizando en las recientes noticias sobre la DMT o de la bufotenina extraída del sapo Bufo Alvarius, es importante recordar que el uso recreativo de este tipo de alucinógenos es un fenómeno descrito desde hace décadas. Nuestro Servicio de Análisis de Sustancias sabe de la presencia repetida, pero puntual y esporádica, de la DMT y alguno de sus derivados desde hace 20 años. En nuestro reciente informe con los resultados del Servicio de Análisis para el año 2016, la DMT supone solo el 1% de las 4.072 muestras entregadas voluntariamente por las personas usuarias del servicio. No se han detectado cambios significativos en comparación con años previos o en el periodo comprendido entre enero y julio de este año 2017.
Cuando los medios hablan de drogas lo suelen hacer de dos maneras: destacando la acción policial contra el narcotráfico (incluyendo el menudeo) o creando los llamados «pánicos» usando para ello drogas de uso minoritario, drogas inexistentes o comportamientos extravagantes. En España tenemos numerosos ejemplos de este tipo de noticias de muy baja calidad sobre drogas que se usan para captar la atención del público: el estramonio, la droga caníbal, la droga de Hulk, el captagón, el krokodil.
Todas ellas tienen en común que su uso es extraordinariamente minoritario, al menos en nuestro contexto. Sin embargo, se señalan los efectos negativos más hipotéticos, extremos o que ni siquiera se llegaron a producir (como el caso del canibalismo). Este tipo de informaciones no esperan a la confirmación toxicológica que muestre o no la presencia de esa sustancia. Tampoco atienden a las evidencias epidemiológicas que indican que, de producirse, el consumo es minoritario. Pero también han abordado desde el sensacionalismo comportamientos como el balconing o comportamientos que pertenecen al ámbito de la leyenda como el tampodka.
De especial preocupación es que han dado a conocer ciertas sustancias a personas que, de otra manera, nunca las hubieran llegado a conocer. En ocasiones, además, también han dado indicaciones precisas sobre cuáles son sus efectos, su precio y las maneras de adquirirlas. Sobre todo cuando han abordado el creciente uso de Internet para ello.
Abordar las drogas de este modo trae aparejadas una serie de consecuencias negativas a las que es importante prestar atención y, en la medida de lo posible, deben evitarse:
En primer lugar, genera una alarma social injustificada que solo puede entenderse en el marco de la necesidad de mantener un estado de alerta constante en torno a las drogas que justifique unas políticas determinadas, en general englobadas en lo que se denomina la «guerra contra las drogas». De hecho, esta alarma social impulsada por los medios de comunicación ha llevado en ocasiones al establecimiento de nuevas regulaciones, normalmente en forma de prohibiciones, que no quedaban justificadas por la evidencia científica disponible. Uno de los casos paradigmáticos de esto último fue la prohibición de la mefedrona en Reino Unido.
Por otra parte, hace perder prestigio y credibilidad a los medios de comunicación ante colectivos como el de las personas que consumen drogas. Las informaciones sobre drogas tienden a centrarse en los aspectos más extravagantes del consumo y restan espacio para contenidos que ayuden a reducir los problemas. E, incluso, a salvar vidas. En este sentido, la mención a pautas de uso más seguro es prácticamente inexistente.
Como ya se mencionó más arriba, contribuye a la popularización de nuevas sustancias o de formas de consumo de elevado riesgo. En ocasiones, el uso de adjetivos como “potente”, “barato”, “de fácil acceso”, “de moda” o “legal” no hacen más que despertar el interés por ellas. Además, dada la poca credibilidad que estos medios de comunicación pueden tener para las personas que consumen, un exceso de celo en la exposición de los riesgos puede llevar a que no sean tenidos en cuenta por quienes más expuestas están a ellos. Aún en el caso de que los riesgos que se exponen sean reales y probables, se considerarán como producto del alarmismo. Y, por tanto, no dignos de creerse. En este punto, el abuso de la estrategia del miedo por parte de algunos profesionales también puede producir esta consecuencia no deseada.
Y, finalmente, un último punto de especial preocupación es que el abordaje sensacionalista de las drogas contribuye a la estigmatización de las personas consumidoras. La estigmatización es una de las principales fuentes de daño entre personas usuarias de drogas. Se alcanza cuando se presentan comportamientos extraños, extravagantes y fuera de todo sentido común que se asocian a características negativas de quienes se comportan así. Estas características negativas se convierten en prejuicios y acaban por generar actitudes de rechazo hacia ellas. La estigmatización de grupos considerados como “indeseables” es uno de los grandes problemas a los que se han tenido que enfrentar. Y no solo las personas que consumen drogas, sino también otros colectivos como las mujeres, el colectivo LGTBI, etc.
Estamos absolutamente convencidos de la legitimidad del derecho que tienen los medios de comunicación a la libertad de información. Pero igualmente de convencidos estamos de que ese derecho debe ejercerse con rigor, objetividad y siempre bajo los criterios de responsabilidad social y veracidad informativa. En el ámbito de las drogas hay muchos temas que pueden captar la atención de los medios y a los que el sensacionalismo resta espacio.
Por solo poner unos ejemplos en la mesa, merece la pena mencionar el creciente debate nacional e internacional por un cambio en las políticas de drogas. Un cambio que abandone el obsoleto e ineficaz ideal de un “mundo sin drogas”, que respete los derechos humanos y contribuya a la estabilidad de muchas regiones del mundo. La escasa cobertura que en nuestro país reciben los atropellos cometidos en nombre de la “Guerra contra las Drogas” es llamativo. Así, una parte minoritaria de la población es consciente de los abusos cometidos en Filipinas y liderados por su presidente Rodrigo Duterte. O la negativa a proporcionar tratamientos efectivos de sustitución con opiáceos como la metadona en países como China o Rusia. Recordemos que este último está afectado por una importante epidemia de VIH entre personas usuarias de drogas por vía inyectada.
Y, por terminar con los ejemplos, y acercarlos más a nuestro contexto, el sensacionalismo resta espacio a demandas de las propias personas usuarias de drogas. Por ejemplo, la eliminación de las sanciones administrativas por la tenencia de drogas para el consumo propio o los crecientes movimientos a favor de la regulación del cannabis en nuestro país.










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