No solo las estadísticas hablan por sí mismas, también la propia observación que podamos realizar a nuestro alrededor. El consumo de alcohol es omnipresente en nuestra sociedad. Se trata de uno de los consumos más antiguos que existen y que más ha impregnado nuestra sociedad. Sin embargo, sus consecuencias negativas alcanzan cifras estratosféricas. Algunas de ellas, han sido puestas sobre la mesa en las últimas décadas con un llamado urgente a la acción. Hablamos del alcohol y el cáncer.
El alcohol como causa del cáncer
Tradicionalmente, el foco se ha puesto en la capacidad adictiva del alcohol. También se ha resaltado su relación con consecuencias negativas como los accidentes de tráfico. Sin embargo, en las últimas décadas han surgido sólidas evidencias de su vínculo con determinados tipos de cáncer. Según la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés), el alcohol se clasifica como un carcinógeno del Grupo 1. Esto significa que existen pruebas suficientes para considerarlo una causa directa del cáncer en personas. Se estima que, en Europa, el consumo de alcohol se relacionaría con unos 180 000 casos de cáncer y casi 92 000 fallecimientos.

El alcohol causa o puede favorecer el desarrollo de hasta siete tipos de cáncer: de la cavidad oral, de faringe, de laringe, de esófago, de mama, de hígado y de colon y recto. La mortalidad debida a estos tipos de cáncer relacionados con el alcohol varía según el tipo de cáncer. De esta manera, los tipos de cáncer en los que el alcohol juega un papel más relevante en su mortalidad son el de la cavidad oral, el de esófago y el de faringe. Por otra parte, excepto el de mama, el resto de cánceres se dan más en hombres que en mujeres.
¿Por qué el alcohol causa cáncer?
Se han planteado diferentes vías a través de las cuales se podría explicar la relación entre el alcohol y la aparición de cáncer.
Una de ellas tiene que ver con cómo el organismo metaboliza el alcohol. Durante los sucesivos pasos que sigue para descomponerlo se genera acetaldehído, un compuesto tóxico y cancerígeno. Este compuesto puede dañar las células y provocar mutaciones que favorecen el desarrollo del cáncer. También se ha propuesto que el alcohol induce cambios hormonales en el estrógeno o en la insulina. Estos cambios pueden afectar a la capacidad de las hormonas para actuar como mensajeras y regular el crecimiento y división de las células. El tercer mecanismo explicativo de la relación entre el alcohol y el cáncer es que el consumo crónico induce un estrés oxidativo en las células. Este estrés dañaría el ADN y afectaría a su reparación, aumentando el riesgo de cáncer. Por último, la deficiencia de folato, causada por el consumo excesivo y un estilo de vida poco saludable, se asociarían a la aparición de cáncer colorrectal.
Aunque estos cuatro mecanismos son los que cuentan con más evidencias, también se han propuesto otros factores de riesgo. Entre ellos, la inflamación crónica causada por el consumo habitual y prolongado de alcohol, especialmente en el hígado y el tracto gastrointestinal. También influirían otros factores como la predisposición genética, el estilo de vida y, de manera importante, el hábito de fumar. El uso combinado de alcohol y tabaco podría tener un efecto aditivo en el riesgo de desarrollar cáncer en la cavidad oral, la faringe, la laringe y el esófago.
El consumo moderado no protege
Cuanto más alcohol se consume, mayor es el riesgo de sufrir cáncer. Sin embargo, esto no quiere decir que exista un nivel de consumo que exima de ese riesgo. Según las estimaciones realizadas por la IARC, el consumo intensivo, definido como seis consumiciones o 60 gramos de alcohol puro al día, causarían aproximadamente la mitad de los cánceres relacionados con el consumo de alcohol. El consumo de riesgo, definido como el consumo de tres a seis consumiciones o un máximo de 60 gramos de alcohol puro al día, causaría el 40 por ciento de los casos. El diez por ciento de casos restantes se relacionaría con un consumo moderado, definido como un máximo de dos consumiciones o 20 gramos de alcohol puro al día.
En conclusión: el consumo moderado, por ejemplo, dos cervezas o vasos de vino al día, no protegería del riesgo de cáncer. Por tanto, la principal recomendación siempre será la de reducir el consumo al máximo para que el riesgo sea lo más bajo posible, y mantener un estilo de vida saludable que incluya una dieta equilibrada, no fumar tabaco y la práctica regular de ejercicio físico.
Medidas de prevención
La OMS ha puesto sobre la mesa diferentes medidas a adoptar para disminuir la aparición de cánceres relacionados con el consumo de alcohol. Algunas de estas medidas deben formar parte de políticas de salud de los países, mientras que otras son acciones específicas que pueden implementarse a unos costes relativamente bajos.
Las políticas de salud con mayor respaldo científico incluyen tres medidas principales. La primera es aumentar los impuestos a las bebidas alcohólicas. La segunda es establecer prohibiciones o limitaciones a la publicidad del alcohol. La tercera es restringir la disponibilidad del alcohol en los puntos de venta.

Otra medida sería aumentar la conciencia de la población sobre la relación entre el consumo de alcohol y el cáncer. Esto se lograría mediante el etiquetado de las bebidas alcohólicas. Esta relación no parece ser conocida por una gran parte de la población. Además, algunas personas pueden haber desarrollado creencias que limitan su capacidad de poner en marcha comportamientos preventivos. Por ejemplo, algunas piensan que solo el consumo abusivo o intensivo se relaciona con el cáncer. Otras, que el moderado protege de él.
Por otra parte, profesionales de la salud pueden jugar un papel muy relevante en la prevención del cáncer relacionado con el consumo de alcohol. Este papel puede consistir en labores de sensibilización, pero también en el abordaje de los consumos intensivos mediante programas de intervención breve en Atención Primaria.

Finalmente, y no menos importante, es la promoción de la salud y la protección de las generaciones futuras. Esta acción involucra a muchas partes y enfrenta la oposición de la industria. Aun así, es esencial cumplir con la máxima establecida por la OMS: “reducir el consumo de alcohol es un imperativo de Salud Pública”. En el ámbito regulatorio, en nuestro país aún falta una ley para prevenir el consumo de alcohol por parte de las personas menores de edad. En legislaturas anteriores se intentó aprobar esta ley. El actual Gobierno, a través del Ministerio de Sanidad y el Ministerio de Juventud e Infancia, ha decidido impulsar este proyecto. No es tan punitivo como lo fueron proyectos anteriores, sino que se centra en reducir la disponibilidad del alcohol y limitar su publicidad. También busca fortalecer las medidas preventivas en diferentes ámbitos.
Reducción de riesgos
Además de todas las medidas expuestas más arriba, indudablemente todo acabará pasando por el comportamiento individual de la población y el cambio en su relación con el alcohol. Conscientes de que el consumo cero como objetivo es poco realista, incluso la propia OMS aboga por la reducción en el consumo como la meta a conseguir.

A pesar de que las evidencias son claras, el objetivo no es fácil de conseguir. El alcohol forma parte de nuestra cultura, es la primera sustancia psicoactiva con la que la mayoría de la población se encuentra en sus trayectorias vitales y se encuentra asociada a numerosas expectativas, placeres y momentos. Además, como hemos visto, hay diferentes creencias que justifican el mantenimiento del status quo como que es el consumo abusivo el responsable de todos los problemas o que frente al cáncer poco se puede hacer porque hay muchas cosas que lo causan. Así, repensar el consumo de alcohol y ser conscientes de sus daños, será el primer paso para asegurar una adecuada protección.
Por otra parte, hay recomendaciones que pueden ser de utilidad para mantener el consumo a unos niveles moderados que, aún no asegurando una protección al 100 %, al menos evitan aumentar el riesgo. Por ejemplo, dejar el consumo para momentos puntuales y, en ellos, moderar el consumo; optar siempre por bebidas de baja graduación y evitar, en lo posible, las bebidas destiladas. En caso de consumirlas, siempre de manera muy puntual y moderada; limitar el número de ocasiones en las que se bebe, evitando el consumo diario; disminuir el consumo a medida que se avanza en edad y/o se acumulan otros factores de riesgo, y realizarse chequeos y cribados de detección temprana; compartir la información con iguales.
Una versión inicial de este artículo se publicó en el número 246 de la Revista Cannabis Magazine.
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