El antidopaje, la cara deportiva de las políticas prohibicionistas

Dani Font

El prohibicionismo y el antidopaje comparten fracaso. Ambas políticas pretendían acabar con lo que entendían como un problema social y de salud pública, pero acabaron generando nuevos problemas: crímenes asociados al mercado no regulado (el ilegal) o el uso político del antidopaje y del prohibicionismo para perseguir la disidencia interna o derrocar gobiernos considerados ilegítimos o excluir a países enteros de eventos deportivos. La promesa inicial de su discurso era conseguir una sociedad sin drogas o sin dopaje, pero tampoco se cumplió. Por ello, quienes defienden ambas políticas modificaron este objetivo. Ya no se trataba de aleccionar a las personas para que no se doparan o consumieran drogas sino perseguir y penalizar a las que lo hacían.

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Hasta la década de 1930 existió en el ámbito deportivo un discurso progresista que veía en la ciencia el aliado perfecto para combatir el principal enemigo de las nuevas sociedades industriales: la fatiga. El registro de los resultados, la corrección de las técnicas y la administración de ciertas sustancias permitieron incrementar el rendimiento físico y psíquico. La lista de sustancias usadas era amplia, destacando las estimulantes, las corticoides y las esteroides, aunque continuamente aparecían nuevas y siguen apareciendo. Hasta ese momento, el principal motivo de repulsa que existía al uso de drogas en el deporte, no se remetía a motivos de salud sino morales, por considerarlo una práctica antideportiva. Los dirigentes deportivos pertenecían a las clases socialmente privilegiadas y vinculaban el uso de drogas a la profesionalización y la comercialización por el incentivo económico de las victorias. Según la mentalidad aristocrática de quien no necesita trabajar para vivir porque vive de rentas, la profesionalización y comercialización se daban en deportes populares como el ciclismo, el boxeo y el fútbol, y pretendían que estas prácticas no colonizasen los deportes puros y amateurs como el atletismo. Dicha diferenciación solo existía en la mentalidad de los dirigentes, porque el uso de drogas ha formado parte de la génesis del deporte moderno desde finales del siglo XIX en todos los deportes, y no hubo épocas “puras” sin dopaje, siempre se ha buscado ganar o hacer perder a les rivales usando cualquier medio disponible.

Para que la prohibición del uso de drogas en el deporte tuviese efecto fue necesario superar el discurso moral, aunque este nunca ha desaparecido, y encontrar alianzas más fuertes. Y es en este punto donde los caminos del prohibicionismo y el antidopaje se encontraron de la mano de la misma organización que dio amparo a la política prohibicionista impulsada por EEUU, la Sociedad de Naciones. En 1939, dicha organización publicó el primer informe sobre dopaje. Su autor, el médico danés Ove Bøje, recomendaba que no se usasen drogas o métodos para mejorar el rendimiento que pudiesen perjudicar la salud. Bøje señalaba que las hormonas podían ayudar a mejorar el rendimiento deportivo, pero la política antidopaje focalizó su atención en las anfetaminas. Dicho informe contó con la rápida respuesta de una de los fisiólogos deportivos más destacados de la primera mitad del siglo XX, Peter V. Karpovich, quien propuso que se usase el término “ayudas ergogénicas” o “ayudas”, en lugar de “drogas” o “dopaje”, para tratar de mantener separadas ambas realidades. Para Karpovich ayudas ergogénicas eran desde el zumo de frutas hasta la cocaína y consideraba que solo debían rechazarse aquellas que comprometían la salud de las personas deportistas, sin entrar en valoraciones morales. La recomendación de Karpovich cayó en saco roto y cuando los organismos deportivos internacionales pusieron en marcha las primeras campañas antidopaje, las razones morales siguieron siendo el principal argumento para condenar el uso de sustancias, usando indistintamente los términos drogas, dopaje, veneno, artificial o plaga, entre otros. Por ejemplo, en La Carta Olímpica de 1946 se indicaba que no se admitirían en los Juegos Olímpicos cualquiera que ofreciera o aceptase “drogas o estimulantes artificiales”. Esto no respondía a una preferencia terminológica de los legisladores, sino que querían aprovechar el descrédito hacia las drogas que el prohibicionismo estadounidense venía haciendo desde hacía años. 

Para prohibir las anfetaminas el antidopaje se apoyó en un informe presentado por la delegación japonesa en el Comité de Expertos en “Drogas Toxicomanígenas” de la OMS de 1955, en el que se vinculaba su consumo con conductas delictivas. Cabe decir que los homicidios vinculados a las anfetaminas se produjeron en 1954, cuando Japón ya había incorporado medidas que restringían el acceso a quienes las consumían, que según dicho informe se contaban por millones. La comisión de la OMS descartó tomar medidas internacionales contra las anfetaminas porque consideró que “solo plantea problemas locales”. En cambio, en EEUU, la American Medical Association sí que compartía que las anfetaminas eran una amenaza que debía investigarse para aclarar cuán extendido estaba su consumo en los programas atléticos. Los estudios realizados concluyeron que ayudaban a obtener una mejora del rendimiento porque aumentaban la resistencia a la fatiga. Sin embargo, el antidopaje interpretó los resultados de manera distinta y en el primer congreso europeo sobre dopaje, realizado en el Consejo de Europa en 1964, quienes asistieron determinaron que las anfetaminas no aumentaban el rendimiento sino que “ocultaban las señales naturales que alertan de la fatiga”. Dicho congreso tuvo lugar en un contexto de incremento de la intolerancia hacia el uso de sustancias para mejorar el rendimiento deportivo, en especial a las anfetaminas, que iban a pasar de ser una droga aceptada a estigmatizada en Occidente. Esta ola de intolerancia coincidió con el aumento de la intransigencia internacional al consumo de drogas que quedó sellado con dos convenios: la Convención Única de Estupefacientes de 1961 y el Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971.

En todo momento, el clima de animadversión hacia las anfetaminas en el deporte contó con el apoyo mediático, aliado fundamental de quienes defendían el antidopaje. Pese a la falta de pruebas sustanciales, las muertes de deportistas ocurridas en la década de 1960 se vincularon al consumo de anfetaminas, omitiendo que ciertos deportes son en sí mismos un riesgo para la salud, sin olvidar la avidez de ganancias de los promotores deportivos que llevan al límite los cuerpos de quienes practican deporte profesionalmente. Pero era más sencillo echar la culpa a la falta de responsabilidad individual de las personas, que reconocer que el deporte profesional no es saludable. Hay demasiado dinero en juego. Así, surgieron las primeras definiciones de dopaje y las primeras listas de sustancias prohibidas -encabezadas por las anfetaminas-, imitando una vez más la estrategia prohibicionista y cayendo en los mismos escollos, como el uso del genérico droga o doping, los cuales reducen la realidad de centenares de sustancias a un solo término cuyo significado y contenido se crearon en torno a los usos y abusos de una determinada sustancia.

Hoy en día, el uso de ayudas para mejorar el rendimiento sigue vinculado con las connotaciones negativas de los consumos problemáticos de drogas. Dicha unión sustenta que ciertas sustancias cuyos efectos tanto físicos como psicológicos parecen ser contraproducentes para conseguir el éxito deportivo, estén prohibidas en el deporte, como es el caso del cannabis. Su inclusión en la lista de sustancias prohibidas por la Agencia Mundial Antidopaje obedece en realidad a la condena moral occidental de su uso recreativo. El nadador Michael Phelps o la atleta Sha’Carri Richardson, han sido dos deportistas de renombre que han sufrido un castigo por consumirlo.

¹ Atienza, E., López Frías, F. J., & Pérez Triviño, J. L. (2014). El dopaje y el antidopaje en perspectiva histórica. Materiales para la Historia del Deporte, (12), 94-110.

² La Carta Olímpica es la codificación de los principios fundamentales del Olimpismo, de las. Normas y de los textos de aplicación adoptados por el COI.

³ Organización Mundial de la Salud. (1956). Comité de Expertos en Drogas Toxicomanigenas de la OMS. Sexto Informe. Ginebra: Organización Mundial de la Salud. Serie de Informes Técnicos.

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