La ruta del bacalao se alarga hasta nuestros días

David Sáenz

La nueva ola revisionista de la Ruta del Bacalao explica, en la actualidad, su importancia, el impacto que tuvo en su momento y la influencia en fenómenos que se producen en nuestros días.

Han pasado dos décadas desde la popularización de la Ruta del Bacalao y todavía hoy se escuchan sus ecos, con mayor volumen si cabe que nunca, puesto que estamos ante una ola revisionista de un fenómeno que, pese a comenzar en los años 80 del pasado siglo, su influencia aún perdura y se mantiene intacta en el imaginario colectivo del país. La Ruta se inició en la valenciana carretera de El Saler, en dos discotecas destinadas para turistas ubicadas en la pedanía de Les Palmeres, dentro del municipio de Sueca. Barraca primero y, poco después, la vecina Chocolate, transformaron su oferta de ocio, abandonando la música pachanguera y la devaluada disco music para asumir nuevos postulados sónicos basados en el aperturismo y la vanguardia cultural, programando conciertos, organizando performances y pinchando géneros como el postpunk, la música electrónica, el pop alternativo y muchos otros. El artífice de ese eclecticismo sónico fue un discjockey llamado Juan Santamaría, de enorme cultura musical y espíritu libre, quien tras recorrer media Europa y sus correspondientes pistas de baile regresó a Valencia con una propuesta excesivamente rupturista, que no llegó a cuajar del todo en salas del centro de la ciudad como Oggi o Metropolis pero germinó a unos 30 kilómetros de allí, en un entorno rural, entre naranjos y arrozales, para acabar convirtiéndose en uno de los fenómenos socioculturales más importantes de segunda mitad de siglo. La estela iniciada por Juan Santamaría fue seguida por otros dos deejays en sus respectivas discotecas, Carlos Simó en Barraca y Tony Vidal “El Gitano” en Chocolate, siendo la primera más colorista y la segunda más oscura y siniestra. Lo que lograron ser capaces de mantener en ambas fue la falta de un encorsetamiento sónico y la libertad en todos los ámbitos de ambos clubes. Eso propició que la gente más inquieta se acercara a sus puertas, sin importar la edad, la tribu urbana a la que pertenecían, el género, la tendencia sexual o cualquier otra absurda etiqueta, formando una amalgama humana que se hermanaba bailando en la pista. Un factor esencial para explicar ese maravilloso ambiente fue el consumo de «mescalina», la droga que predominó durante los primeros años de la Ruta. Se trataba de unas pastillas que circularon entre los años 1983 y 1988, rodeadas de un halo de misterio en cuanto a su composición y a su origen pero cuyos consumidores recuerdan como verdaderos pelotazos de amor y buen rollo. Y aunque se mantienen diversas teorías al respecto, los comprimidos no contenían sustancias provenientes del mescal ni del peyote sino que era MDA mezclado con cafeína. Durante el periodo mencionado las noches valencianas fueron adquiriendo fama nacional e internacional y a las salas pioneras de filosofía destroy (el termino bacalao todavía no estaba presente y se asumió en los 90) se les fueron uniendo otras como Spook Factory, Puzzle o Espiral.

A partir de 1988 la música electrónica va asumiendo protagonismo en el circuito discotequero y aunque se escuchaban todo tipo de sonidos entraron con fuerza la llamada EBM y otros estilos filoindustriales con grupos como Front 242, Neon Judgemment o Nitzer EBB. La Ruta se hacía cada vez más larga y se inauguraron nuevas salas como NOD, ACTV o Villa Adelina. El beat se aceleró progresivamente, los ruidos de corte maquinario y fabril cada noche estaban más presentes y la imaginería de corte nuclear, futurista y cibernético ganó adeptos mientras las drogas más consumidas comenzaban a cambiar. Se dejó atrás la mescalina, que desapareció sin que nadie tenga a día de hoy un motivo claro que lo explique y agrandó, con este nuevo misterio, su leyenda.

Cierto es que la nueva música pinchada casaba mejor con otras sustancias como el speed (sulfato de anfetamina), la cocaína y el éxtasis (MDMA). Por su parte el alcohol también perdió adeptos porque se consideraba inútil y demodé en un ambiente tan rupturista y cada vez más juvenil donde el baile desenfrenado para el año 1992-1993 era la obsesión de unos clubbers que se pegaban verdaderos maratones en sesiones que podían durar 12, 24 o 48 horas dentro de la misma discoteca o desplazándose entre ellas.  Por eso era tan normal ver a los ruteros bailando botellín de agua en alza, intentando mitigar la deshidratación provocada por el calor del gentío, la enérgica danza y los efectos de las drogas.

Es interesante destacar algo que nunca se suele hacer, la cantidad de abstemios que encontraron en el mundo clubbing un refugio donde divertirse sin beber y por ende no estar fuera de lugar en una sociedad donde la celebración y el ocio siempre está regado con bebidas alcohólicas. Y es que para muchas personas la música, las luces, los efectos de la sala eran más que suficientes para disfrutar de estados felices, sin necesidad de acudir a sustancias químicas.

En 1993 se emitió el documental “Hasta que el cuerpo aguante” en Canal Plus, la sociedad en su conjunto se quedó perpleja ante lo que se cocía durante los fines de semana sin fin bailados en Valencia y el asunto comenzó a demonizarse por parte de amplios sectores sociales mientras los medios de comunicación criminalizaban desde el sensacionalismo más atroz todo lo relacionado con La Ruta, conscientes de la rentabilidad que eso suponía para ellos, priorizando el negocio a la información. Y es que en los reportajes relacionados con el fenómeno destroy no se tuvo en cuenta la cultura clubbing, el auge de la figura del DJ como nuevo ídolo pop u otras interesantes cuestiones, centrándose siempre en lo escabroso, en el consumo indiscriminado de drogas y en los accidentes de coche.

Sea como fuere, la juventud española se sintió inspirada por lo ocurrido en Valencia y todas las ciudades replicaron rutas propias, especialmente significativas fueron las de Madrid, Cataluña y Euskadi. La cultura del parkineo surgió en ese tiempo donde se masificó tanto el ir de discotecas que muchos jóvenes se quedaban sin poder entrar en ellas y comenzaron a montar sus fiestas en el aparcamiento de las mismas, con las puertas de los coches abiertas de par en par, dejando sonar el musicón a gran volumen. Ello derivó en el fenómeno del tunning por un lado y en el del botellón por otro, donde el alcohol regresó a su estatus de droga totémica.

Una vez producida la masificación de público y seguidores, la música pinchada dejó de ser ecléctica para convertirse en algo homogéneo sustentado únicamente en temas electrónicos machacones y de beat acelerado, el consumo de estupefacientes un fin en sí mismo, de donde algunos hicieron negocio y lo adulterado de los mismos era reflejo del movimiento en su conjunto, siendo para entonces la Ruta transformada en una moda ridícula que nada tenía que ver con sus orígenes donde la libertad se había esfumado y la pista se llenó de garrulos con ganas de bronca. Era el momento de los cierres, del fin de una historia que hoy goza de un gran interés y protagoniza un revival que la dignifica y pone en su sitio, una historia a ritmo de música bacalao.

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